miércoles, junio 23, 2010

Buena Vista, las naranjas agrias y las luciérnagas



Caminamos y caminamos, tras cruzar el puente colgante, ya casi con la puesta de sol. Llegamos enmedio de la noche. Los perros ladraban. Casi sin aliento, me adelanté a ver si la puerta estaba abierta. Lo estaba, y segundos después estábamos dentro de la capilla del la virgen del rosario, a oscuras. Mamá murmuró sus oraciones, y yo me arrodillé a leer la oración a la virgen con ayuda de una linterna.

De regreso, la noche nos regaló un cielo completamente estrellado y fragantes álamos y sauces. Casi olvido el cansancio de la caminata con la belleza de las siluetas nocturnas de los arbustos y enramadas, los viejos y adustos troncos, los cercos de alambre, la pastura, el cerro, iluminados por una gran luna llena y salpicados de luciérnagas que suspendidas en la brisa, merodeaban los callejones como custodiando nuestra presencia y a veces parecían confundirse con las estrellas a lo lejos, donde se perdía la mirada en el claro de luna.

De nuevo, una experiencia inolvidable. Yo amo ese recorrido, pero nunca lo había hecho de noche.

Lo amo de día. Es como un pequeño pueblo fantasma, siempre en silencio. Silencioso y azul. Blanco. Iluminado. Sólo en muy pocos lugares experimento el sentimiento de recogimiento y cercanía espiritual, y este es uno de ellos, incluso fuera de la capilla. Más allá de observar a la virgen, hablar con una fuerza superior, leer la oración... Las imprecisas casas de adobe, le acequia por la que siempre he visto correr el agua más clara y pura, los troncos dispuestos sobre la acequia, el mejor lugar para sentarse del mundo. El sonido del correr del agua no tiene igual. El susurro del viento. El gran silencio. El perfume de las naranjas agrias...

Pronto volveré.

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