martes, diciembre 09, 2003

Desafío al tiempo
enésima y última parte

Los muros son azul verde, pero el color crema se adivina debajo. La alacena de madera astillada y mustia está intacta, de rojo. Adentro están un par de espuelas y un bote de pintura.
La cocina huele a encerrado, pero el olor a jazmines alcanza a filtrarse por la ventana, manchada de polvo, viento y olvido.
Las vigas del techo del comedor, ennegrecidas, soportan el peso del tiempo. Las bisagras del zaguán bostezan con indiferencia. El olor es inconfundible: Un poco a pacas de alfalfa y zacatón, un poco a golondrinas. Un poco a nostalgia, a madera vieja y a melancolía.
Al final del corredor está la puerta verde del cuarto misterioso, siempre cerrada con candado. La barda de adobe que daba al corral ya no existe. La palma que se levantaba orgullosa al centro del patio, junto al lavadero y su pila, siempre rebosante de agua fresca y un que otro dátil maduro, ya no está.
Detrás del lavadero el aroma a limón real, ahora seco, perfuma un rincón de la mente. Más allá el delicioso perfume de azahares de seis naranjos. Azahares en el viento y en el suelo del patio, casi siempre recién regado y barrido con escoba de palma. Es el silencio. El espejismo de un garage con techo y estructuras de lámina, en el que están estacionados varios autos.
La recámara es un fantasma aletargado. Ahí están los tres grandes baúles, en la misma esquina y con la misma incógnita.
La cama triste.
Las cortinas de terlenga rojo naranja, ya casi transparentes.
El sol de media tarde a través de las ventanas.
La sombra y el aroma de los pinos que se alzaban justo en la banqueta, a unos pasos del embarcadero.
Huele a tiempo. A mucho tiempo. A mucho vacío. Y de repente como que huele a café.

Fin.

leia_y2k@yahoo.com

viernes, diciembre 05, 2003

Hogar vacío

Año tras año, lluvia, viento y granizadas golpearon la casa, estoica y solitaria. El intenso sol, la falta de agua y una plaga acabaron con los naranjos.
El techo resistió y resistió, auxiliado por reparaciones esporádicas. Una vez casi se viene abajo. Las paredes del corredor se llenaron de dibujos y leyendas obscenas. Se borraron y se pintaron. Sirvió de almacén, de zacatera, de carnicería, de residencia temporal.
Los pinos se secaron. Los aserraron esperando que brotaran pero habían muerto. Un tiempo la visitaron cada año, por vacaciones y días festivos, pero las visitas se espaciaron hasta desaparecer.
Casi todas las construcciones a su alrededor se derrumbaron y se levantaron otras nuevas. Pasaron veinte años y sigue ahí, como esperando volver a llenarse de risas y sueños. De ambición y fuego. De rebeldía, espíritu y contradicciones. Como una mujer viuda y enferma soñando con dar a luz.

leia_y2k@yahoo.com
Continuará...

miércoles, diciembre 03, 2003

Inicia partida...

En aquél tiempo no había escuela secundaria, de modo que para continuar sus estudios el hijo mayor tuvo que partir a Hermosillo.
Rosa fue inscrita en el colegio de comercio para señoritas, del que sólo podía salir ciertos días para ver a su familia.
Un par de años después partió A, luego V. Al crecer G y M no había mucho que discutir. Aunque el rancho, los negocios y las reses estaban allá, los tres hermanos mayores y el resto de la familia materna estaban en Hermosillo. A instancias de A, que se había graduado de la escuela de comercio, decidieron mudarse a la capital.
Dijeron adiós en silencio, mirando -como para no olvidar- los cabellos revueltos de su niñez despidiéndolos desde el zaguán.
Su padre respiró hondo y apretando los labios, cerró el candado. El troque se alejó hasta perderse en una nube de polvo. Un extraño velo de casi tristeza los embargaba.

Ya casi...

lunes, diciembre 01, 2003

La casa de la calle ancha IV

El rosario

-¡Rosa! ¡Sal de ahí!
-La luz se extinguía... Sólo faltaban unas páginas... ¡Ya voy!

Sus ojos negros chispeaban mientras descifraba el enigma detrás de cada entrelínea, el acertijo en cada frase, la locura en cada verso.

-Están llamando al rosario.

El tono no admitía réplica. Rosa arrancó con cuidado y para siempre la última hoja del libro.

-Apenas es la primera, dijo apresurándose a buscar el rosario y separar los pétalos de un par de rosas para rociarlos de perfume.

-¿Has visto mi velo?
-No.
Abrevió una vez más su mirada antes de salir.

Todavía falta...
leia_y2k@yahoo.com

miércoles, noviembre 05, 2003

La casa de la calle ancha III

Las limas

Las limas estaban muy altas. Había que treparse al árbol o conseguir un carrizo con gancho para hacerlas caer. Pero valía la pena, grandes y jugosas como estaban. Se hacía agua la boca sólo de arrancar el primer pedazo de cáscara, llenando los dedos de yodo y la nariz de felicidad.
Una de las niñas y su mejor amiga estaban en una milpa, no muy lejos del pueblo.

-Las voy a llevar a la escuela.
-¡Pero está prohibido!
-No le hace. Tengo un plan.

Al oír el galope de un caballo que se acercaba las dos niñas casi volaron con la bolsa llena de limas, para sólo detenerse ante la cerca de alambre de púas que brincaron en un santiamén, desapareciendo sin más en el callejón cuajado de garambullos.

Continuará...
leia_y2k@yahoo.com

martes, noviembre 04, 2003

La casa de la calle ancha II

Vinieron dos niños más. Llantos, travesuras, moretones, risas, juegos. Tardes escuchando "Chucho el roto" y "El bandido del Huajuco" con la oreja pegada al radio en el corredor, donde poco a poco llegaban vecinos que se reunían en torno al aparato.
Las noches eran preámbulos de grandes aventuras, noches de fantasmas y relatos a la luz de una lámpara de petróleo -la luz eléctrica no llegaría sino hasta mucho tiempo después-. Los placeres eran simples: Esquite, miel de punto, melcoche, empanadas de calabaza y membrillo... El rosario diario y la misa los domingos una obligación a veces difícil de hacer cumplir a unos niños más interesados en las canicas, las encantadas y el pan y queso que en los misterios dolorosos.
Antes del alba eran los gallos y sus sonoros kikirikíes. A las 7:00 de la mañana las campanas de la iglesia acallaban el silencio para dar la hora. Siete sonoras campanadas. Era hora de levantarse, poner agua para el café y lavar el filtro. A esa hora olía a agua, jécota y jarilla -las milpas del ríp no estaban lejos-. El aroma de la leche recién ordeñada invadía la cocina mientras el agua hervida se filtraba en los granos de café. Ahí, con piruetas de humo, brotaba el tercer aroma. El favorito de todos.
Los relinchos y mugidos, el tropel de las reses eran el sonido mágico: Había regresado papá. De pronto el corral estaba lleno de vacas y la casa llena de gente. Colar café, calentar comida, relatar pormenores. Arriar un hato de ganado desde la sierra alta -Nácori, Bacadéhuachi- no era cualquier cosa.
Había lugar para todos en aquélla casa, tan mágica como sus habitantes. Los naranjos en flor, los dátiles maduros, los fragantes limoneros y el ondulante aroma de las tazas de café impregnaban el ambiente, de por si acariciado por la fresca brisa que llenaba el corredor.
El tiempo transcurría plácidamente entre aquéllos muros, cálidos y consoladores, como el seno de una madre. Los niños crecieron. El mayor cumplió 7 años, era hora de ir a la escuela.

Continuará...
leia_y2k@yahoo.com